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El poder curativo del calor
Periodista especializado en salud y ecología
Sin calor, ni la vida ni la salud son posibles. El calor tiene algo que gusta a todos. Al sumergirse en un baño templado, arroparse en la cama o tomar el sol, nos sentimos reconfortados. Pero el calor se ha revelado además como una ayuda eficaz para recuperar la salud y el bienestar.
Con este fin ha sido utilizado desde hace miles de años y la ciencia actual está desarrollando sus posibilidades. "Dadme fiebre y curaré todas las enfermedades", decía Hipócrates en el siglo IV aC.
La variedad de aplicaciones del calor demuestra que se trata de uno de los principales aliados de la salud. Es el elemento que provoca todas las transformaciones sustanciales –el hielo en agua o vapor, por ejemplo– y la herramienta más útil en manos del ser humano que busca el bienestar.
El calor generado por el propio cuerpo o el aplicado con fines terapeúticos procuran beneficios en muchos ámbitos: puede ayudar a superar rápidamente las afecciones leves comunes, alivia las molestias de enfermedades crónicas y tiene un papel positivo en alteraciones graves como el cáncer.
Estos son los casos en los que el tratamiento con calor está indicado:
El uso del calor es general en todas las medicinas tradicionales y actualmente siguen investigándose sus propiedades, por ejemplo en oncología.
El cuerpo humano debe mantener su temperatura interior dentro de un estrecho margen –entre 36,5 y 37,5 ºC– para que todas las funciones fisiológicas se realicen correctamente.
Por eso, cuando hace mucho frío o mucho calor, el organismo está dotado de mecanismos para conservar el calor o perderlo. La transpiración, por ejemplo, hace descender la temperatura, mientras que la actividad muscular, la aumenta.
Sin embargo, en determinadas situaciones resulta beneficioso un ligero incremento de la temperatura.
Cuando una bacteria o un virus representan una amenaza para la salud, el cuerpo responde aumentándola por encima de lo normal. Curiosamente las bacterias y los virus patógenos son más vulnerables al calor que las células sanas.
Cuando la temperatura se sitúa entre los 38 y los 39 ºC, las células inmunitarias trabajan de manera más eficaz y penetran más fácilmente en el tejido corporal enfermo. También mejora el aporte de oxígeno y de nutrientes a los órganos afectados.
Por tanto, la fiebre constituye uno de los recursos más eficaces del sistema inmunitario y no debe cortarse a menos que represente un riesgo.
Las propiedades del calor justifican su uso terapéutico. Incluso se puede provocar fiebre artificial para favorecer la curación o el bienestar en determinados casos.
Por "fiebre artificial" se entiende un incremento importante de la temperatura en el interior del cuerpo, en los órganos y tejidos más profundos, no solo en la superficie.
A finales del siglo XIX aparecieron los primeros estudios que relacionaban la fiebre causada por una infección con una reducción en el tamaño de los tumores. La razón es que las células cancerígenas se adaptan peor al calor que las sanas debido a que el tejido enfermo no recibe suficiente irrigación sanguínea para disipar la temperatura.
El calor no es una cura milagrosa, pero se considera una ayuda en determinados casos (cáncer de próstata, testículos, hígado, páncreas, cuello o piel por ejemplo), en combinación con la quimioterapia y la radioterapia.
Para provocar un aumento por encima de 42,5 ºC y hasta 47 ºC en la zona que se ha de tratar, en oncología se ha recurrido a calentar la sangre fuera del cuerpo, envolver al paciente en trajes de agua caliente o aplicarle microondas y ondas eléctricas de alta frecuencia, entre otras técnicas. Se investiga la posibilidad de introducir nanopartículas magnéticas en las células enfermas para que actúen como conductoras y acumuladoras del calor.
En el tratamiento de otras enfermedades, como ciertos dolores crónicos, el asma, la migraña, el eccema atópico, las infecciones urinarias o la artrosis, se provoca una «fiebre artificial» más baja y con medios más suaves.
Se afirma que es útil en caso de cansancio y estrés crónicos, fibromialgia y en personas que con el paso de los años han ido perdiendo la capacidad de responder con fiebre a las infecciones.
Unas cuantas sesiones pueden conseguir que un paciente de artritis deje las pastillas contra el dolor o que uno con eccema reemplace la crema de cortisona. Muchas personas afirman que después de someterse al tratamiento se sienten con más energía.
Otra propiedad de la "fiebre artificial" es la depurativa. A través de la sudoración se eliminan agentes tóxicos, que también pueden ser descompuestos y reabsorbidos debido al incremento de la actividad metabólica.
La camilla de infrarrojos se emplea, por ejemplo, para aliviar dolores musculares, calmar inflamaciones, activar la circulación, aumentar las defensas y la resistencia al frío o generar una relajación profunda. Algunos expertos recomiendan de tres a cinco sesiones repartidas a lo largo del año como estrategia preventiva frente a las infecciones.
En la camilla de infrarrojos, el cuerpo se somete artificialmente a una fiebre de 39 ºC durante 90 minutos mientras el médico controla la presión arterial, la frecuencia cardiaca y la pérdida de líquidos.
Siempre debe ser realizado bajo control médico.
El tratamiento solo está contraindicado en caso de embarazo o enfermedades cardiovasculares avanzadas.
Los efectos secundarios son escasos, como pequeños mareos y transpiración copiosa que pueden mantenerse durante unas horas después del tratamiento.
La "fiebre artificial" es la aplicación terapéutica más sofisticada del calor, pero existen tratamientos más simples, donde el calor no llega a zonas profundas pero que incluso pueden realizarse en casa para tratar problemas leves como esguinces, contracturas, contusiones y otras lesiones.
El calor reduce el dolor y ayuda a regenerar el tejido de manera más rápida. También se pueden tratar de manera similar las molestias de enfermedades crónicas como la artrosis o la artritis.
Las aplicaciones externas de calor pueden realizarse con paños húmedos, baños, saquitos, paquetes, mantas eléctricas y lámparas infrarrojas. Todos estos medios, empleados con frecuencia por los fisioterapeutas en los tratamientos de rehabilitación, aumentan la temperatura en la piel y en los tejidos situados inmediatamente por debajo.
El calor superficial produce una serie de efectos bien conocidos, como:
La temperatura en las aplicaciones externas suele oscilar entre los 40 y 45 °C y la duración de los tratamientos, entre los 5 y los 30 minutos.
No suelen tener contraindicaciones, si bien se recomienda extremar el cuidado en el caso de insuficiencia circulatoria, tratamientos con anticoagulantes y embarazo.
Al aplicar una bolsa de agua caliente sobre la zona dolorida se produce un alivio casi inmediato. Si se quiere potenciar y alargar sus efectos, se puede envolver en una tela.
Científicos de la University College London (UCL) han explicado la eficacia de este remedio popular. El dolor de cólicos, cistitis y regla se debe a una reducción temporal de flujo sanguíneo o a la distensión de órganos huecos como el intestino o el útero, lo que daña los tejidos y activa los receptores del dolor.
Al aplicar sobre la piel un calor de 40 ºC, cerca de donde se produce el dolor, el cerebro recibe la señal de calor y esta sustituye a la del dolor. En un plano bioquímico, la bolsa actúa como una pastilla analgésica, pero sin sus posibles efectos secundarios.
Se considera, en general, que el calor húmedo es más eficaz porque el agua transfiere la temperatura más rápidamente que el aire. El calor llega a niveles más profundos, lo cual incrementa los efectos sobre los músculos, las articulaciones y los tejidos blandos. El espasmo muscular es una de las principales indicaciones.
La aplicación óptima consiste en una serie de tres a cuatro compresas, dejando cada una de 5 a 10 minutos. Hay que tener cuidado con que la compresa no esté demasiado caliente porque podría producir una quemadura.
En fisioterapia se llama así a los productos formados por agua (de mar o mineromedicinal) y sustancias orgánicas o inorgánicas que conservan la temperatura y aportan agentes con propiedades terapéuticas.
Se aplican local o generalmente a una temperatura de 38 a 45 ºC durante 15-20 minutos.
Normalmente se aplica como baño general. El paciente se recubre de arena caliente a una temperatura entre 40 y 45º C. La duración de la aplicación no debe sobrepasar los 30 minutos.
Se utilizan sábanas o mantas calientes en aplicaciones locales o generales durante más tiempo que en otras técnicas. Son de fácil aplicación y permiten un control más preciso de la temperatura. Están indicadas en patologías reumáticas y artrosis.
Es muy eficaz para aliviar los dolores de artritis o artrosis, así como molestias ocasionales (por ejemplo, el dolor lumbar).
El saco se puede encontrar en dietéticas o fabricarse introduciendo en un saquito de lino el heno (hojas, semillas y flores) de modo que adquiera un grosor de 5 a 10 centímetros.
Para prepararlo, se pulveriza sobre el saco un poco de agua hirviendo y se coloca en una vaporera. Mientras el agua hierve, se da vuelta al saco de vez en cuando para que el calor se reparta uniformemente.
Una vez esté bien caliente, pero no tanto como para que pueda causar una quemadura, se puede aplicar sobre cualquier parte del cuerpo. El tiempo de aplicación oscila entre media hora y una hora; una vez terminado, es conveniente lavarse con un paño humedecido en agua fría.
El baño de aire caliente se toma en habitaciones cerradas donde la temperatura va ascendiendo desde los 40 ºC hasta los 60 ºC y la duración va desde 25 a 60 minutos.
En las aplicaciones locales se utiliza una especie de manguitos o cajas donde se introduce la zona que se va a tratar. Otra forma de aplicación es en forma de chorro sobre la zona afectada. El aire caliente de un secador de pelo es una versión doméstica pero eficaz de la técnica.
La temperatura es fundamental en el funcionamiento del organismo, según la medicina tradicional china. La enfermedad puede ser consecuencia tanto de un exceso como de un defecto de frío o calor en los diferentes órganos.
El tratamiento pasa a veces por aportar calor y se puede recurrir a la moxibustión, una técnica que consiste en quemar bastones de Artemisa vulgaris o Artemisa sinensis cerca de los puntos de acupuntura elegidos. El terapeuta puede indicar al paciente los puntos que se han de tratar para que se cuide en casa.
Aunque un buen diagnóstico y tratamiento solo puede ser realizado por un terapeuta, la moxa está indicada en general para tratar la sensación de frío y la mucosidad excesiva.
Está contraindicada en enfermedades que cursan con fiebre, en el embarazo y en las personas con piel sensible.
Se emplean en traumatismos y casos de reumatismo. Es un tratamiento habitual para la artrosis.
Consiste en sumergir la zona que se va a tratar en un recipiente lleno con una mezcla de parafina y aceite vegetal a una temperatura que oscila entre los 50 y los 55 grados. La parafina va formando capas y transmite el calor de una manera sostenida durante 15-20 minutos.
Para evitar la rápida pérdida de calor, se envuelve la zona (la mano, la muñeca o el codo más frecuentemente) con un elemento aislante (film de plástico) y además se enrolla una toalla.
No se puede aplicar sobre heridas ni eccemas.
Los infrarrojos forman parte del espectro lumínico y son los responsables del calor que se siente al exponerse al sol.
Las bombillas de infrarrojos –que pueden colocarse en soportes convencionales– emiten una radiación calorífica que, por cierto, no podemos ver (la luz roja es debida al cristal coloreado).
Este calor penetra unos pocos milímetros en el cuerpo, suficiente para producir un aumento de la circulación sanguínea en la zona.
A fin de aplicarla, la lámpara se sitúa a unos 20-50 cm de la piel durante 10-30 minutos y dos o tres veces al día.
Se trata de una terapia agradable y está indicada en muchos procesos dolorosos, como las lumbalgias y otras molestias asociadas a contracturas musculares.
Los aparatos de microondas que se utilizan en rehabilitación utilizan la misma energía (ondas electromagnética de alta frecuencia) que los hornos de cocina, pero con intensidades mucho menores, claro. Los fisioterapeutas los emplean en sesiones de media hora para eliminar dolores cuyo origen se halla en músculos profundos.
El objetivo es alcanzar los 39 ºC en la zona afectada, que puede estar a unos 10 cm por debajo de la piel (por tanto, en realidad no se trata de una aplicación externa).
Sin embargo, no están libres de riesgos. Por ello, siempre que sea posible, es preferible recurrir a otras terapias, como los ejercicios de estiramiento y las aplicaciones directas de calor.
Las ondas acústicas de alta frecuencia, generadas por cristales de cuarzo, son absorbidas por los tejidos, donde se transforman en calor.
Se aplican con la zona afectada sumergida en agua o mediante un cabezal y un gel.
Se indican, por ejemplo, para tratar lesiones de músculos y tendones.
La hidroterapia utiliza el contacto con agua caliente, si bien un buen baño en casa resulta también muy beneficioso. Un baño caliente en casa relaja, alivia el estrés y ayuda a dormir mejor.
Los baños de contraste alternan agua fría (de 10 a 20 °C) con agua caliente (por encima de 37 °C).
El agua debe estar a entre 36 y 38 ºC y el baño, no sobrepasar los 15 minutos. Más tiempo sobrecargaría el sistema circulatorio y destruiría la capa ácida de la piel.
En los primeros cinco minutos no se debe hacer nada, solo dejar la mente en paz y relajarse.
Luego se automasajea todo el cuerpo con un guante de crin, en dirección al corazón,
Finalmente se toma una ducha templada o fría muy rápida de forma ascendente, empezando por los pies. Este enfriamiento breve puede realizarse solo sobre las piernas dirigiendo un chorro de agua del tobillo a la rodilla.
Tras el baño se descansa al menos una hora en la cama para completar la relajación. Se pueden añadir aceites esenciales al baño.
En este tipo de baños, el agua caliente –entre 40 y 46 °C, según el problema– se mantiene en agitación constante. Al efecto del calor se suma el del masaje efectuado por el líquido.
Es un método eficaz de conducir calor a las extremidades. Son muy recomendables en caso de problemas circulatorios o contracturas musculares.
En duchas y bañeras de mampara se pueden instalar columnas de hidromasaje para disfrutar con regularidad de los beneficios de los chorros de agua caliente. Suelen disponer de 3 a 12 jets o propulsores de agua a diferentes alturas (para masaje lumbar, cervical o sobre las piernas) cuya dirección e intensidad pueden modificarse.
Algunas incorporan leds de luz coloreada, que convierten la ducha en una sesión de cromoterapia, así como termostato y asiento.
La sauna es una habitación de madera donde el calor procede de una estufa de piedras. En su interior se alcanzan temperaturas de 60 a 90 ºC con un aire muy seco (puede echarse agua sobre las piedras para aumentar la sensación de calor). Hay que asegurarse de que la temperatura de la sauna es adecuada (entre 80 y 90 ºC) para que la piel alcance los 39-40 grados.
A los 8-12 minutos se sienten ganas de refrescarse. En ese momento hay que salir y permanecer unos minutos al aire libre para enfriar las vías respiratorias. Después se toma un baño de inmersión en agua fría o una ducha, dirigiendo el chorro desde las extremidades hacia el centro del cuerpo.
Luego se vuelve a la sauna, pues hay que calentarse y enfriar se de forma alterna por lo menos dos veces. Antes de salir a la calle hay que darse una ducha fría y secarse bien.
Los efectos de la sauna, combinada con duchas frías, son amplios, pero en general se considera que estimula el sistema inmunitario y depura.
Para tomar una sauna con seguridad hay que respetar unas normas.
Los japoneses combaten el estrés, la artritis y las enfermedades autoinmunes con un ritual de baño ("onsen") en agua muy caliente (hasta 45 ºC).
La presión del agua muy caliente provoca una respiración profunda, las venas se dilatan, la circulación sanguínea llega hasta los más finos capilares y el latido cardiaco se acelera.
Al menos durante los 30 minutos siguientes a la inmersión hay que tumbarse y beber mucha agua.
El baño turco combina cuatro elementos terapéuticos básicos: el calor seco, el calor húmedo, el frío y el masaje.
Los efectos son hidratantes, procirculatorios, descongestionantes de las vías respiratorias, sedantes y tonificadores de la piel.
En los últimos años el baño turco está ganando seguidores frente a la sauna, porque las subidas y bajadas de temperatura son más graduales. Esto lo hace más soportable y reduce el riesgo de que se produzcan complicaciones.
Ángel López Hanrath (acupuntor y terapeuta de shiatsu)
Descubre la vegetoterapia de Reich
Jesús García Blanca
Elena Istomina y Gabriel Fernández
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